Esas tardes de verano
Es lunes, y Carlos acaba de llegar a casa, con algunos recuerdos vívidos
en su cabeza y algunas fotos en su teléfono. Con los ojos un poco cristalinos,
la mente despejada y la mirada quieta, como si en su mente viera paisajes lejanos.
Al dejar la maleta, saca su teléfono y manda un mensaje que dice “Ya estoy
en casa” y lo deja sobre la mesa. Abraza al gato que había dejado solo por tres
días, al que le sirve un poco de comida pues su plato ya está vacío, el gato
ronronea y luego va sobre un delicioso plato de croquetas frescas.
Carlos, enciende la radio (es un tipo raro, de esos que aún le gusta
escuchar la FM) y se posa sobre la cama, con un brazo debajo de su cabeza y una
mano sobre el pecho, cierra los ojos y comienzan a pasar imágenes por su
cabeza, con la firme intensión de revivir aquellos momentos de esas
inolvidables tardes de verano.
La cita
Era mediodía del sábado y Carlos se encontraba acostado sobre la cama
del cuarto del hotel al que había llegado, con la tele encendida, viendo un
canal de videos musicales de los 90´s, con un brazo debajo de su cabeza y una
mano sobre su pecho, pensaba qué hacer ese día para divertirse.
Revisaba en su teléfono constantemente las aplicaciones de ligue, para
ver si había algo interesante por ahí. Estaba ya casi seguro de que pasaría la
tarde otra vez en la playa solo, como tantas veces, con cerveza y algo de
comida; cuando en eso llegó un mensaje a su teléfono.
Era un tipo que venía también solo de vacaciones de otra ciudad, quien
invitaba a Carlos a su terraza para pasar la tarde juntos con unas cervezas,
pero luego de una plática decidieron mejor ir a comer juntos. El pretexto era
no comer solos y hacerse compañía. – Genial, nos vemos a las cuatro en la
plaza, me llamo Carlos ¿y tú? – Yo soy Rubén, contestó el tipo con un mensaje
de texto.
Luego de un par de horas, Carlos se dirigió a la plaza, a lo lejos se
veía un sujeto grande y barbón, muy parecido a la foto que le habían enviado
por teléfono. – Es él – pensó. Luego de
dejarlo dar un par de vueltas en la plaza, Carlos decide alzar la mano para ser
visto, el tipo voltea, lo ve y se acerca. –¿Rubén? - pregunta Carlos. - Sí,
hola ¿cómo estás?-. A primera vista parece que Rubén no era del tipo que suele
gustarle; demasiado grande para sus gustos, gordo, a decir verdad, pero con una
actitud segura y amena, eso sí le gustaba. Luego de unos minutos de
conversación y algunas risas decidieron ir a comer al restaurante que Carlos había
propuesto, era un lugar muy agradable junto a la playa.
Era una tarde no muy soleada, hacía un viento fresco delicioso. Al ser
atendidos por el mesero, pidieron unas cervezas para empezar. La plática seguía
muy amena, llena de coqueteos y pequeñas risas. Un “salud” después de destapar
la primera cerveza para seguir conversando y comer. Al menos Carlos se sentía
ya un poco más relajado; pues no siempre las citas a ciegas terminan bien, como
siempre; sólo dejaba las cosas fluir.
La playa
Entre las cervezas, la plática y los mariscos, la tarde caía. Terminaron
de comer, salieron del lugar y decidieron ir a caminar por la playa como lo
había propuesto Rubén, quien se quitó los zapatos pues no venia preparado para
andar en la playa, pero pensó que sería una buena idea. Y caminaron.
Carlos andaba en sandalias, y al tocar el agua del mar, sintió que tenía
un clima increíble, como nunca le había tocado sentir, por lo que no quiso
dejar la oportunidad de meter los pies, por lo menos para sentir el agua tibia
sobre la arena. Caminaron algunos metros hasta llegar casi a la orilla de la
playa donde se tenían que regresar, pero Carlos tenía la intensión de meterse
al mar, no quería dejar la oportunidad de sentir esa agua tibia del mar de
verano.
-Quiero meterme al mar- dijo Carlos, -Métete aquí te espero- le contesto
Rubén haciendo una seña a la orilla de la playa donde se sentó a esperar a
Carlos quien en seguida se quitó la playera y entró al mar sin pensarlo ni un
poco.
Luego de unos minutos de haber sentido el agua del mar de ese día,
Carlos invitó a Rubén haciendo señas desde lo lejos e insistía, a lo que él respondió
asintiendo con la cabeza, se paro, se quitó la camisa y dejó sus cosas junto
con sus zapatos a la orilla para encontrarse con Carlos entre las olas.
La plática seguía, las pequeñas risas y los coqueteos, mientras la tarde
caía, a pesar de ser casi las siete, el sol seguía intenso. El agua del mar
tibia y las olas tranquilas. Así fue hasta las nueve de la noche, que
decidieron salirse pues el viento ya se sentía fresco y parecía que iba a
llover con ese cielo nublado.
Ambos tomaron sus cosas y se prepararon para partir de la playa de
regreso a la plaza donde se conocieron y tal vez despedirse. Es lo que procede
cuando sales con una cita que no es de tu agrado, das las gracias y te vas.
Pero este no fue el caso, al despedirse Rubén le propuso a Carlos verse por la
noche, tal vez salir a algún bar a beber algo. A lo que Carlos contestó
que sí; en su mente esperaba esa propuesta así que no había nada que pensar, sólo
asentir con la cabeza y decir –Sí, claro-. Una vez que acordaron que se verían
más tarde, en esa misma esquina; a la que luego nombrarían “su esquina”, Carlos
se fue a su hotel y Rubén a la casa donde se hospedaba por esos días,
Luego de un baño, de haber tomado un pequeño refrigerio y un breve
descanso, entre mensajes de texto y la lluvia que empezó justo cuando Carlos llegó
al hotel, acordaban la hora exacta para verse en “su esquina”, que sería a las
doce de la noche.
Besos de tequila
Entre las cosas que le gustaban a Carlos de estos lugares para
vacacionar, era que uno podía salir a los bares a media noche con un short,
tenis y playera nada mas, el clima y el ambiente lo ameritaban, aun si llovía y
las calles estuvieran mojadas y llenas de charcos. Pensaba mientras esperaba a Rubén
en la dichosa esquina, quien luego de unos minutos llegó y se disculpo por los
diez minutos tarde que había llegado excusándose con la lluvia.
Caminaron juntos hacia el bar que había propuesto Carlos, mientras platicaban
de su regreso de la playa y la lluvia que acababa de pasar; entre charcos,
calles mojadas y mucha gente de ambiente a esa hora. Al llegar al bar,
decidieron apartarse a un rincón donde no hubiera mucho bullicio. El lugar
estaba lleno de gente, pero aun así pudieron platicar. Luego de pedir un par de
cervezas y tomar una mesa donde se sentaron uno enfrente al otro. Durante ese
tiempo todo fluía muy bien, incluso el humor era muy similar entre los dos; y
de repente los guiños y el coqueteo no faltaban. Aunque Carlos no se consideraba
un tipo amistoso, sólo con algunas personas dejaba salir esa parte suya; Rubén
sí era uno de esos tipos, de esos que conversan con todo mundo, que le cae bien
a la gente desde la primera impresión, era lo que se conoce como un tipo
bonachón.
Luego de un par de cervezas decidieron ir a otro lugar, algo más
animado, donde pudieran estar en más ambiente, pues el lugar donde estaban se
estaba quedando vacio poco a poco. Salieron y llegaron a la puerta del otro bar,
cuando Carlos recordó que tenía que pasar a al banco pues ya no traía casi
efectivo en la cartera y le pidió a Rubén que lo acompañara.
Salieron de la zona concurrida para dirigirse al banco, eran las dos de
la mañana ya y la calle por donde pasaban todavía estaba sola y húmeda. Al
salir de ahí Carlos, mientras guardaba su cartera comenzó a caminar de regreso
al bar, cuando de repente y sin esperarlo, sintió que Rubén, quien iba detrás
de él, lo abrazaba de la cintura de forma muy sorpresiva y cariñosa. En ese
instante Carlos no hizo más que sucumbir, dejando caer su cabeza hacia atrás
sobre el hombro de Rubén, con sus manos tomó sus brazos que enredaban su cuerpo
delgado, mientras hacia arriba veía la noche estrellada y escuchaba muy de
cerca la respiración de Rubén en su oído, al unísono de las olas del mar.
Caminaron así por un par de calles casi vacías, casi en silencio, como ellos
dos. Luego sólo se tomaron de la mano, antes de llegar al bar, en una calle
solitaria, Rubén se detuvo y nuevamente de manera sorpresiva tomo a Carlos de
la cintura lo volvió frente a él para besarlo en los labios, el que sería su
primero beso entre ellos. Un beso largo, parecía eterno, en una calle
silenciosa y solitaria. Húmeda como sus labios y tranquila como la noche. Después,
se miraron a los ojos, ambos sonrieron de contentos; se tomaron de la mano
nuevamente y siguieron caminando. Esta vez lentamente, sin prisa, como si
hubieran encontrado algo y no habría necesidad de buscarlo mas.
Por fin entraron al lugar. Era un sitio de música fuerte para bailar y
beber. Estaba lleno de gente por todos lados. Rubén tomó a Carlos de la cintura
todo el tiempo que estuvieron ahí, fueron a la barra por un par de cervezas y
entre las risas, la música, un poco de tequila y varios besos en medio de la
pista. Pasaron una noche increíble, como hacía mucho no pasaba, al menos Carlos.
Ya eran las seis de la mañana y decidieron salir del lugar, estaban
cansados y querían ir a descansar. Mientras Rubén buscaba un taxi para irse a
la casa; pues se hospedaba muy retirado de ahí; le preguntó a Carlos si quería
acompañarlo para mostrarle su terraza y por supuesto para pasar la mañana
juntos, a lo que Carlos contesto que sí.
El taxi llegó por ellos y partieron rumbo al cuarto de Rubén. Carlos
comprobó que sí, efectivamente quedaba bastante lejos, incluso hacia una colina
muy empinada, luego de varios minutos de trayecto, el taxi los dejó por fin en
la puerta del lugar. Se bajaron del auto y Rubén abrió la puerta principal,
donde por un costado se encontraba una escalera, larga, que pasaba entre árboles
y plantas. –Vamos- dijo Rubén, - tienes que ver esto-
Al llegar a la cima se encontraba la terraza, muy amplia, húmeda aun por
la lluvia y a lo lejos se veían el pueblo y el mar. Una vista espectacular, que
estuvieron viendo abrazados por unos minutos esa mañana todavía oscura.
En la parte inferior se encontraba el cuarto de Rubén, con una cama
amplia donde pasarían la mañana dormitando, descansando de esa noche de fiesta,
hasta que saliera el sol.
Un día más
Eran casi las nueve de la mañana, el sol ya había salido e iluminaba las
orillas de las ventanas que Rubén había tapado con un par de cobijas para que
no entrara mucha luz, pues a él le gustaba dormir en plena oscuridad. Carlos
despertó, a pesar de que en realidad sólo durmió algunos minutos. Tenía
preocupación por entregar el cuarto de hotel y no perder su autobús a mediodía,
pues ese sería el último día de su estadía. Intento despertar a Rubén quien al
parecer solía dormir profundamente y con muchos trabajos pudo abrir un poco los
ojos. Carlos, mientras se vestía y recogía sus cosas, le avisaba a Rubén que ya
se iba, que tenía que entregar el cuarto del hotel y que su autobús salía a
mediodía. No quería que se hiciera tarde. Rubén escuchaba, pero no hacia el
intento por levantarse, todo pasaba tan rápido. Carlos abrió la puerta mientras
se despedía, así, como si nada hubiera pasado en estos días. Rubén seguía
acostado, tampoco parecía muy consciente de lo que pasaba, solo contesto casi balbuceando
–Adiós-
Carlos salió del cuarto, pero al llegar a la puerta principal, se dio
cuenta que estaba cerrada con llave, y por lo tanto tenía que regresar con Rubén
para pedirle que abriera la puerta. Luego de muchísimos intentos con llamadas a
su teléfono y a la puerta, cada vez más fuertes, Rubén abrió la puerta, casi
dormido. – ¿Qué pasó?- le pregunto a Carlos, quien le pidió que le abriera la
puerta principal. Rubén entro al cuarto a ponerse un short y tomar las llaves. Empezó
a caminar detrás de Carlos quien parecía algo desesperado por salir de ahí, a
pesar de que aun era temprano y quedaban algunas horas para partir. Rubén abrió
la dichosa puerta, que para suerte de ambos había estado cerrada, pues de lo
contrario; pensaba Carlos; esa historia habría terminado ahí, y así, sin más
que un triste y escueto “adiós”.
Al salir, pareciera que la puerta les hubiera hecho reaccionar a ambos.
De que Carlos ya partía, que sería la última vez que se verían y hablarían, que
sería su ultimo abrazo y se dirían adiós.
Al estar parados frente a esa puerta, se despedían, se decían lo bien
que la habían pasado y se agradecían por los momentos que habían pasado juntos
y por haberse hecho compañía. Y como quien no quiere despedirse, se abrazaban,
se besaban, se tomaban de las manos cuando Rubén le dijo a Carlos que no quería
que se fuera, que le gustaría que se quedara, y que la había pasado increíble.
Que le gustaría aprovechar al menos un día mas, pues él todavía se quedaría en
un par de días ahí. Entre abrazos, besos, caricias y cortas pero falsas despedidas, Carlos analizaba la propuesta, y como un acto aventurero le dijo a Rubén
que tal vez sí podía quedarse un día más. Sólo necesitaba cambiar su boleto de
autobús y por supuesto saber que contaba con hospedaje en su casa. A lo que a Rubén
le pareció fantástico y por supuesto asintió. –Claro, aquí te puedes quedar,
conmigo-. Carlos sonrió y se sentía algo loco, jamás había hecho algo así. Regularmente
planeaba muy bien sus viajes y esto para él era algo bastante inusual. Eso
decía su cabeza, pero su corazón decía todo lo contrario. Su corazón era más
arriesgado y aventurero, además luego de esos dos días tan divertidos y de
saber que estaba ahí Rubén dispuesto, no había manera de decir que no.
Afirmó con la cabeza y dijo, - Bueno, entonces vuelvo en un par de horas
con mis cosas, te llamaré para avisarte cuando esté aquí de regreso- Rubén
estaba contento y le dijo –Aquí te espero-. Carlos se despidió por ese momento
con un beso, bajó las escaleras y a lo lejos de la calle volteaba, y veía a Rubén
parado en la puerta con su mano levantada diciendo “adiós”, hasta que Carlos
dio vuelta en una esquina y sus miradas se perdieron.
Luego de ir a desayunar y confirmar lo del cambio de boleto en la oficina
de autobuses, Carlos llegó al hotel. Faltaban menos de dos horas para entregar
la habitación, por lo que sólo recogió sus cosas y las metió en la maleta,
mientras mandaba mensajes a Rubén y trataba de llamarle para avisarle que
estaría ahí en un momento, pero Rubén no contestaba. De verdad tenía un sueño
muy pesado ese hombre.
Llegada la hora para entregar la habitación del hotel, Carlos salió
hacia la recepción y dejó su llave- Eran las doce en punto y Rubén no
contestaba ninguno de los mensajes, ni las llamadas. Carlos, como el tipo
nervioso que es, empezó a sentirse un poco ansioso y desesperado; y las ideas
empezaron a llegar a su cabeza. – Bueno, lo peor que puede pasar es que termine
regresando al hotel y pedir un cuarto un día mas- Pensando que tal vez Rubén se
habría arrepentido de invitarlo.
Mientras Carlos caminaba rumbo al cuarto de Rubén, pensaba –Seguro está
bien dormido-. Luego de esa larga caminata con maleta al hombro, con algo de
sueño, sucio y casado, finalmente Carlos llegó a la casa de Rubén. A quien como
último intento llamó desde afuera para avisarle que ya estaba ahí y le abriera
la puerta. Por suerte Rubén contestó. –Ya estoy aquí, ábreme- dijo Carlos.
Al entrar al cuarto, Rubén seguía somnoliento, le dio la bienvenida a Carlos
con un abrazo y diciéndole que había sido muy bueno que se haya quedado un día más.
Carlos puso su maleta sobre una mesa. Ambos estaban tan cansados todavía de la
noche anterior, que luego de acostarse en la cama abrazados, platicaban mientras
el sueño les ganaba.
La hora de las ánimas
Dos de la tarde y Carlos ya había despertado. Rubén seguía algo somnoliento
pero despierto también. Seguían abrazados en la cama mientras veían algo de
televisión y platicaban. Al poco rato decidieron que debían salir a comer algo,
pues ya era tarde y el hambre les ganaba.
Luego de un baño, a las cuatro de la tarde salieron a buscar algo que
comer. Por suerte había feria en la plaza del pueblo y el menú era extenso.
Había comida mexicana de todo tipo: pozole, sopes, tacos, tortas y hasta
postres. Decidieron parar en uno de esos puestos y sentarse a comer- Después ir
por un helado para comerlo en el malecón, justo cuando era el atardecer. El sol
era rojo, había mucha gente en la calle, el clima era fresco y estaba un poco
nublado.
Mientras se comían su helado frente al atardecer y el mar, platicaban de
cosas, de anécdotas. Todo el tiempo parecía que trataban de conocerse mas y
mas. Y cada vez sentían mas empatía uno del otro. Rubén aprovechó para contarle
a Carlos una leyenda que su madre le había contado. Era una historia mística,
que hablaba de los espíritus, llamada “La hora de la ánimas”. -Es el momento
exacto en el que el sol ya no está, pero todavía hay un poco de luz, el
ambiente se vuelve gris y por eso se dice que las animas salen a esa hora-, explicaba
Rubén.
A pesar de que habían dormido bastante bien, ambos seguían cansados. Eran
hombres maduros de casi cuarenta años de edad. Las desveladas y borracheras ya
son mortales para un par de tipos así. Cayó la noche y decidieron irse a casa
de Rubén, a la terraza específicamente, comprar algunas cervezas y pasar ahí un
rato juntos viendo el horizonte de la noche. A ambos le pareció mejor idea que
ir a algún bar, ambos preferían la comodidad y privacidad de la casa. Otra de las
cosas que parecía tenían en común. Se levantaron de la banca donde estaba
sentados y caminaron rumbo a la casa, en el camino llegaron a una tienda para
comprar cervezas.
El oso y el lobo
Luego de una larguísima caminata y tremenda cima, llegaron al cuarto de Rubén
con un pack de cervezas frías, sólo dejaron algunas cosas, tomaron esas cervezas
y se dirigieron a la terraza. Ahí había un mueble muy cómodo y grande que
acomodaron antes de destapar la primera cerveza de la noche. Y así, una vez
acomodados, abrazados y con cerveza en mano, miraban juntos el horizonte oscuro
estrellado, la luna resplandeciente y el pueblo abajo, con algunas luces
encendidas.
Al poco rato, ya en la segunda cerveza, de repente se escuchó lo que
parecía el aullido de un lobo. Fue lo que pensó Carlos asustado al instante, la
idea no era tan descabellada, pues la casa se encontraba en una colina llena de
árboles y plantas, casi selvática. El aullido se oía muy cerca, demasiado. Al menos
Carlos nunca había escuchado un lobo aullar y mucho menos tan cerca. Rubén, al
verlo temeroso, lo abrazo fuerte y le dijo, a manera de broma, que él lo
cuidaría, que no tuviera miedo. Carlos no pudo evitar pensar y sentir que
estaba protegido por un oso, un oso grande, peludo y barbón. Se relajó y dejó
caer su cabeza sobre su hombro, otra vez.
Luego de un par de horas, casi a la una de la madrugada; el lobo ya no
se escuchaba y decidieron ir a dormir. Estaban cansados, la comida de la tarde
les había caído muy pesado y esas cervezas habían sido el toque final de ese
día. Regresaron al cuarto, tomaron un baño y durmieron abrazados. Ambos
coincidían que a veces era complicado compartir la cama. Rubén porque era un
tipo muy grande y le gustaba el espacio y Carlos porque tenía el sueño muy
ligero y cualquier movimiento o sonido lo despertaba fácilmente. Esa noche fue
la excepción, para ambos. La que sería la última noche, durmiendo juntos.
Un beso fue lo que despertó a Carlos la mañana siguiente, un beso en los
labios, un beso suave acompañado de una caricia en la cintura. Por supuesto era
Rubén, quien había sentido mucha atracción por Carlos desde el primer día pero
que hasta este momento sentía indicado para demostrárselo. Así era él, un tipo
de momentos y de sorpresas, un tipo que dejaba fluir las cosas y dejarlas ser al
natural, sin forzar las situaciones. Carlos notaba eso y es por eso que sentía
también mucha atracción por Rubén, más que física, en este caso era emocional.
Era el tipo de hombres que le gustaban, no en el físico, sino en la actitud y
el modo de pensar.
Luego de varias caricias y besos tiernos, Carlos sólo se dejaba llevar,
no esperaba realmente que pasara lo que estaba a punto de pasar. Para él ya había
sido bueno pasar los días acompañado de Rubén, y se sentía satisfecho con eso.
Pero en el fondo lo quería, así como Rubén. Luego de varios besos y caricias
terminaron haciendo el amor por varios minutos.
Un adiós imaginario
Los minutos pasaban más rápido cada vez, sentía Carlos. Pues tenía que partir
en unas horas. Sólo le quedaba tiempo para bañarse, tomar sus cosas e ir a
desayunar algo antes de tomar su autobús. Entre pláticas, se notaba que Rubén
no quería que Carlos se fuera, estaba muy a gusto y sentía que lo iba a
extrañar. Luego del baño y recoger sus cosas Carlos se cepillaba los dientes
frente al lavabo, cuando en eso sale Rubén del baño y lo ve ahí parado, sin
camisa, con sus jeans y tenis solamente, de espaldas hacia él. Rubén no resiste
las ganas de acercarse para tomarlo de la cintura con esas manos fuertes que
tenía; y a las que Carlos no podía resistirse. Le encantaba que hiciera eso, esa
parte seductora de Rubén, quien lentamente besaba su espalda, sus hombros y
cuellos y de repente lo volteaba hacia él, lo arrinconaba en la pared para
besar fuertemente su pecho también y su abdomen plano que tanto le gustaba.
Pareciera que querían aprovechar hasta el último minuto de estar juntos pues la
hora de partir se acercaba.
Una vez listos, salieron del cuarto. Carlos con su maleta en hombros
pues ya no volvería ahí. Salieron de la casa y fueron en dirección al pueblo
para encontrar un lugar donde desayunar. Encontraron un pequeño restaurante
donde comieron chilaquiles y café, mientras sostenían su última conversación. Se
mostraban fotos en sus teléfonos y seguían felices, como el primer día.
Al termino del desayuno, salieron para tomar el autobús de Carlos, a
quien Rubén acompaño hasta el último minuto. Mientras esperaban la salida del
autobús se dieron un abrazo, se dijeron las últimas palabras de agradecimiento
y haciéndose saber el placer que había sido conocerse uno al otro, de haber
compartido esos días juntos y de hacerse compañía. Ninguno de los dos había
pensado que una historia así podía sucederles cuando llegaron a este lugar.

El autobús se acercaba, los segundos avanzaban más rápido y al final un
fuerte abrazo fue lo último que sucedió en esa travesía llena de romance y
aventura. Un abrazo que ambos esperaban que durara más tiempo y que en el fondo
esperaban que no fuera el último. Carlos se dio la vuelta, subió al autobús que ya
estaba estacionado y decidió sentarse en un lugar junto a la ventana, para ver
a Rubén al menos unos segundos más mientras el camión partía. Con su mano
levantada y una sonrisa gratificante y en su pensamiento un “adiós” imaginario,
Carlos veía por la ventana buscando la mirada de Rubén, quien lo seguía también,
ahí abajo, con su mano levantada, pero sus ojos cubiertos por gafas.
Chuy Vélez, 2018.